LOS PERROS DE LA GUERRA by Frederick Forsyth

LOS PERROS DE LA GUERRA by Frederick Forsyth

Author:Frederick Forsyth
Language: es
Format: mobi
Published: 2010-01-23T23:00:00+00:00


CAPITULO 9

Al entrar Martin Thorpe aquel miércoles por la mañana en el despacho de sir James Manson, este le invitó a sentarse.

—He estado investigando sobre lady Macallister —dijo Thorpe—. Tiene ochenta y seis años, es muy quisquillosa y tan acérrimamente escocesa que todos sus asuntos se los lleva un abogado de Dundee. Sólo parece tener una obsesión en la vida, y esta no es el dinero, ya que es bastante rica. Su padre era un terrateniente con más terrenos que libras, y cuando murió, ella heredó sus posesiones, que le proporcionaron una pequeña fortuna con los derechos de caza y pesca. Ha habido dos personas que han querido comprar Bormac, pero me figuro que solamente ofrecerían dinero, y no es esto lo que le interesa.

—Entonces, ¿qué demonios quiere? —preguntó sir James.

—Trató de que se erigiese una estatua a su marido, pero el Consejo del Condado de Londres se opuso a ello. Ha construido un monumento conmemorativo en la ciudad natal de su marido, y sospecho que esa es su verdadera obsesión: la memoria del negrero con quien se casó.

Thorpe expuso su idea y Manson le escuchó atentamente.

Shannon regresó a su piso de Londres poco después de las doce y encontró un cable enviado por Langarotti desde Marsella en el que le daba la dirección de un hotel donde se había alojado con el nombre de Lavallon. Shannon pidió una conferencia con Lavallon, y al saber que había salido dejó un recado para que aquel llamase al señor Brown, de Londres. Luego escribió una carta al corso, en la que le preguntaba por cierto hombre que podía conseguir certificados de último usuario de una de las embajadas africanas en París. A continuación telegrafió a Harris y te comunicó que le gustaría verle a las once del día siguiente. Cat pasó toda la tarde escribiendo a máquina un informe sobre sus viajes a Luxemburgo y Hamburgo. Acababa de terminarlos cuando Janni Dupree llamó a su puerta.

Janni le informó de que podría tener casi toda la ropa dispuesta para el viernes y que la próxima semana la dedicaría a la búsqueda de sacos de dormir, mochilas y calzado. Shannon le prometió proporcionarle el nombre del consignatario de Marsella a quien debería hacer los envíos; luego le entregó una carta urgente para Langarotti, dirigida a la oficina central de correos de Marsella, y le ordenó que la echase inmediatamente.

Langarotti llamó a las ocho de la noche, y Shannon, ya medio muerto de hambre, le preguntó con palabras veladas cómo marchaban las cosas.

—He pedido catálogos a tres constructores de embarcaciones, y cuando encuentre lo que busco lo podré comprar en tiendas distintas —contestó el corso.

—Buena idea —aprobó Shannon—. Ahora pon atención. Necesito el nombre de un buen consignatario de Marsella. Dentro de poco enviaremos algunos bultos desde aquí y otro desde Hamburgo,

—Preferiría emplear un consignatario de Tolón —contestó Langarotti.

Shannon comprendió sus razones. La policía de Marsella estaba redoblando la vigilancia en el puerto y el nuevo jefe de aduanas tenía fama de ser un perro de presa.



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